Durante las campañas militares del siglo XIX en la Pampa, los soldados usaban fusiles de avancarga. Cada disparo dejaba una gran nube de humo de pólvora, y mientras el tirador recargaba, quedaba expuesto.
En ese instante, los pueblos originarios aprovechaban para lanzarse al ataque, avanzando entre el humo hacia el enemigo.
De ahí surgió la expresión “irse al humo”, que pasó a significar atacar de frente, sin dudar, aprovechar el momento.
Con el tiempo, el lunfardo la adoptó y se convirtió en parte del habla cotidiana: del campo de batalla a la cancha, hoy sigue describiendo al que encara sin miedo ni cálculo.






