domingo, junio 28, 2026
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Conectados, pero solos: el algoritmo no quiere que nos veamos

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La pantalla nos acerca afinidades y personas, pero rara vez empuja al encuentro real. Nos promete comunidad y nos deja en suspensión.

El algoritmo te susurra una promesa: “acá está tu gente”. Te muestra gustos, ideas, causas, personas que te interesan y a las que —aparentemente— también les interesás. Te da esa sensación breve de pertenencia: no estoy solo, hay otros como yo.

Pero hay una trampa: casi nunca termina en encuentro.

En una ciudad chica esto se ve clarísimo. Cruzás a alguien en Instagram todos los días: se miran historias, se reaccionan, se comentan, comparten indignaciones o ternuras. Hay química digital. Después te lo cruzás en la calle, en el súper, en un club, y pasan de largo. No por mala onda: porque lo “real” exige algo que la pantalla evita. Tiempo. Incomodidad. Exposición. Riesgo.

El sistema nos junta, pero nos junta para que sigamos ahí: adentro de la plataforma. Para que el vínculo se consuma como contenido, no como relación. Te entrega micro-dosis de cercanía —un like, un fueguito, un mensaje— y con eso te mantiene enganchado. La conexión existe, pero queda suspendida. Siempre en potencial. Siempre “algún día”.

Y esto no pasa solo en lo afectivo. Pasa en lo social.

Se arma “movida” en un posteo: comentarios, bronca, adhesiones, compartidas. Parece que hay una fuerza común, un impulso colectivo. Pero cuando toca hacer lo más simple —sentarse a conversar, sostener una reunión, organizarse, escuchar al que piensa distinto sin arrancarle la cabeza— la energía se desinfla. Queda el registro digital, la sensación de haber participado… y nada cambia.

Porque el algoritmo no premia el diálogo: premia la reacción. No premia el intercambio: premia la postura. Te empuja a hablarle a una tribuna, no a una persona. Te acostumbra a creer que estar de acuerdo ya es construir algo. Y a confundir comentar con actuar.

El resultado es una paradoja: nunca fue tan fácil “encontrar gente” y nunca fue tan difícil encontrarse.

Sin encuentros reales, además, se pudre la confianza. Cuando falta cuerpo, falta evidencia: tono, mirada, silencios, matices. Y la cabeza completa lo que no ve con fantasías. Idealiza o desconfía. En ambos casos, el otro deja de ser una persona y se vuelve una proyección.

La salida no es demonizar lo digital. Es devolverle su lugar. La pantalla sirve para acercar, pero no para reemplazar. Un vínculo se construye con presencia, no con señales. Un diálogo se sostiene con tiempo, no con reacciones.

Capaz el gesto más subversivo hoy no es opinar más fuerte. Es encontrarse.

Un café sin story. Una charla con matices. Una reunión aunque seamos pocos. Un “¿tenés un rato?” que no se diluye en el “después vemos”. Menos scrolleo con sensación de comunidad y más comunidad de verdad, aunque sea chiquita.

Porque lo que el algoritmo junta, si no lo convertimos nosotros en vínculo real, queda ahí: como una ilusión prolija de unión. Y una comunidad no se sostiene con ilusión: se sostiene con presencia.

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