En la vasta llanura del sur bonaerense, donde el viento barre los campos como quien limpia la escena antes del primer acto, nació un joven que decidió volar más alto que todos. Se llamó Dardo Cabo, y su historia –por momentos olvidada, por otros incomprendida– late con fuerza en los pliegues del alma nacional. Periodista, militante, soñador y mártir. Un tresarroyense que no se conformó con vivir la historia: eligió escribirla.
De Tres Arroyos al mundo: la forja de un militante
Dardo nació en 1941 en nuestra ciudad, en un hogar marcado por la política y la lucha. Su padre, Armando Cabo, fue un peso pesado del sindicalismo peronista, hombre de confianza de Evita. Su madre murió trágicamente en el bombardeo a Plaza de Mayo de 1955, aquel acto criminal que intentó borrar al peronismo a fuerza de explosiones. Dardo tenía solo 14 años. Desde entonces, la historia dejó de ser algo lejano para él.

Militó primero en la resistencia peronista, luego fundó el Movimiento Nueva Argentina y fue parte de los círculos juveniles del peronismo nacionalista. A los 25 años, ya no quería esperar. Quería actuar.
Y así llegó la idea que marcaría su vida para siempre.
El Operativo Cóndor: cuando la bandera volvió a flamear en las Malvinas
28 de septiembre de 1966. Un grupo de 18 jóvenes sube a un vuelo comercial de Aerolíneas Argentinas que debía ir a Río Gallegos. Pero tenían otro destino. armados con una fe inquebrantable y un plan audaz, tomaron el avión y lo desviaron hacia las Islas Malvinas. Entre ellos, Dardo y su compañera María Cristina Verrier, hija de una familia de la aristocracia porteña pero peronista de corazón.

Aterrizaron en Puerto Stanley. Rebautizaron el lugar: “Puerto Rivero”, en honor al gaucho rebelde que enfrentó a los ingleses en 1833. Desplegaron siete banderas argentinas que habían sido cosidas a mano por la madre de María Cristina. Cantaron el himno. Se abrazaron. Plantaron la soberanía con el pecho inflado y los pies en la historia.

No hubo violencia. Negociaron su entrega y fueron traídos de regreso al continente. Pero en vez de héroes, fueron encarcelados. Dardo pasó tres años tras las rejas. Allí, entre muros fríos, se casó con Verrier. Y cuando salió, viajó a Madrid para entregarle a Juan Domingo Perón, en mano propia, las banderas que habían flameado en las islas.
Lo habían hecho. Lo imposible, lo impensado, lo glorioso.

El periodista que incomodó al poder
Ya libre, Dardo encontró en la palabra otra trinchera. En 1973, con el regreso de la democracia, fue nombrado director de la revista El Descamisado, el semanario oficial de Montoneros y de la juventud peronista revolucionaria. Desde allí, lideró uno de los proyectos editoriales más potentes del país: una publicación leída por más de 100.000 personas por semana, con estilo combativo, análisis agudo y valentía absoluta.

Desde sus páginas se denunció la masacre de Ezeiza, se criticó a la burocracia sindical, se enfrentó a José López Rega y se puso el cuerpo –y la palabra– donde más dolía. El Descamisado fue clausurado por el propio Perón. Dardo nunca bajó la voz.
El fusilamiento: el precio del coraje
En 1975 fue detenido. En 1977, bajo la dictadura, fue fusilado clandestinamente por la policía de Ramón Camps. Dijeron que intentó fugarse. Como tantos otros, Dardo se convirtió en una de las más de 30.000 ausencias que hoy son bandera.

Tenía 36 años. Una vida breve, pero vivida con la intensidad de los que no saben lo que es rendirse.
Un legado que flamea
En 2012, más de cuatro décadas después del Operativo Cóndor, María Cristina Verrier entregó al Museo Malvinas las banderas cosidas por su madre. Esas banderas que estuvieron en la mano de Dardo, que tocaron suelo malvinense, que simbolizan mucho más que una anécdota. Son historia. Son fuego. Son testamento.

Y en ese testamento hay una verdad: un joven de Tres Arroyos izó la bandera argentina en las Malvinas sin disparar una bala, con la convicción como única arma.
¿Te imaginabas que esta historia tenía raíces en Tres Arroyos?
La memoria no es solo el pasado. Es el motor de lo que viene. Y la historia de Dardo Cabo nos recuerda que, a veces, una vida alcanza para dejar marca en la eternidad.






