domingo, junio 28, 2026
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El día que Maradona vino a Tres Arroyos y nos cambió para siempre

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Sucedió en 1992. Pero si estuviste ahí, lo recordás como si hubiera sido ayer.

El estadio estallaba. La ciudad se detuvo. Todos querían ver a él. Al más grande. A ese tipo que la rompió en México, que desafió al mundo y que ahora, de la nada, estaba en Tres Arroyos.

Pero Diego no vino a dar cátedra de fútbol.

Vino a cambiar vidas.


Todo empezó con un mate en Marisol…

Diego Armando Maradona se había instalado en Marisol buscando descanso. Lejos del ruido, cerca del mar. Pero un vecino de Tres Arroyos, Jorge Sentis, lo fue a buscar con un sueño bajo el brazo: organizar un partido benéfico para crear un centro de día para chicos con discapacidad.

¿La respuesta de Diego?

“Dale para adelante nomás”.

Listo. El Diez había dicho que sí. Y con eso alcanzaba.


27 de febrero de 1992: el día que Tres Arroyos se paralizó

Más de 7.000 personas coparon el Estadio Antonio Mateo Catale. Nadie quería perderse el partido: “Maradona y sus amigos” vs un combinado local (el Mercado Los Tigres de Cascallares, que venía de ganar el torneo).

Pero hubo alguien más que se robó el corazón de todos.

Pedrito Brendell, un vecino con síndrome de Down, se había cruzado con Diego en un almacén de Oriente. El Diez lo conoció, lo abrazó, y lo invitó a acompañarlo al estadio. No solo eso: fue a la casa, le tocó el timbre a la madre y pidió permiso.

Maradona junto a Pedrito Brendell

Ese día, Pedrito viajó con él, salió del túnel de su mano y vivió un día que jamás olvidaría.


El gol, el festejo y la ovación de un pueblo entero

Maradona jugó como si estuviera en el Mundial. Se reía, gambeteaba, se divertía como un chico. Y metió un golazo de emboquillada. Sí, la picó por arriba del arquero y lo gritó con el alma.

“Fue su primer gol después de la suspensión. Lo gritó como loco. Era uno más, feliz”, contaría después Sentis.

La ovación fue histórica. El pueblo cantaba, lloraba, lo aplaudía de pie. Y él, emocionado, devolvía todo ese cariño con la humildad de siempre.


“Con nuestra ayuda, vamos a cambiar eso”

Cuando terminó el partido, vino el homenaje. Le dieron una plaqueta. Él agarró el micrófono. Y habló con el corazón:

“Acá hay gente que trabaja para los chicos que no pueden caminar, para los discapacitados, que muchas veces creemos que son inferiores a nosotros y no es verdad. Pero con nuestra ayuda vamos a cambiar eso”.

No pudo seguir. Se quebró. Tenía los ojos llenos de lágrimas. La gente también.


La cena, el tango y un cumpleaños inolvidable

Esa misma noche, todos se juntaron en “El Rancho de Chichí”. Cena, abrazos, anécdotas. Hasta que Diego pidió el micrófono de nuevo. Pero esta vez, no para hablar.

Se puso a cantar.

🎙️ A capela, sin música, entonó “Cucusita”, el tango que le cantaba a su hija. Y después, cuando se enteró de que una chica llamada Analía cumplía años… le cantó el “feliz cumpleaños” personalmente.

Un beso, una sonrisa y una escena que quedó para siempre grabada en quienes estuvieron ahí.

“Eso fue lo más lindo que me pasó en la vida”, diría Sentis, con la voz temblando.


“Acá está la recaudación. Compren el edificio”

Fachada del Centro de Día “Caminemos Juntos”

La entrada al partido costaba. Pero la gente fue igual. No importaba. Era por algo más grande. Se recaudaron 43.000 dólares.

Y Diego, sin vueltas, dijo:

“Acá está la recaudación. Compren el edificio”.

Así nació el Centro de Día “Caminemos Juntos”, que desde 1992 ayuda a chicos y chicas con discapacidad. Con el tiempo, también construyeron un hogar de permanencia.

Una de sus salas lleva el nombre “Diego Armando Maradona”.

Porque sin él, nada de eso existiría.


El Diego que conocimos nosotros

Lo vimos jugar. Lo vimos emocionarse. Lo vimos ser solidario.

Un documentalista que investigó su paso por la zona dijo algo que resume todo:

“Acá era un vecino más. Iba a tomar mate a las casas, jugaba partidos a beneficio. Nunca decía que no. Siempre solidario”.

Ese fue el Diego que conocimos en Tres Arroyos.

No el de la tele. No el de las polémicas.

El verdadero. El humano. El que dio sin pedir nada a cambio.


Y ahora, más de 30 años después…

Hay chicos que caminan gracias a ese gesto.

Hay familias que aún recuerdan ese gol.

Hay vecinos que guardan una foto, una sonrisa, una palabra.

Y hay una ciudad que nunca se olvidó.

Porque un 27 de febrero, Maradona vino a Tres Arroyos.

Y nos dejó algo mucho más grande que un gol.

Nos dejó un legado.

Diego en Tres arroyos
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