El liderazgo engloba muchas características según diferentes autores, aunque este concepto per se tal como lo conocíamos se encuentra, a mi modo de ver, en terapia intensiva.
Son muchas las empresas y organizaciones que se jactan de poseer ¨líderes¨ dentro de sus equipos de colaboradores, aunque son, verdaderamente pocas las que entienden lo significativo del rol y la responsabilidad que esto conlleva.
En medio de la incertidumbre, existen algunas certezas; una de ellas es que la crisis se observa como una eventualidad ante acontecimientos puntuales y lo cierto es que forma parte de la dinámica diaria. Otra, es que la forma verticalista de conducción no es útil para generar mejores entornos laborales y menos aún para contener y acompañar emocionalmente a las personas, fortalecerlas y avanzar hacia nuevos retos. Y la otra verdad, es que los nuevos formatos laborales son recién, un esbozo de los nuevos paradigmas contractuales futuros, lo que significa que el cambio es inminente.
Durante muchos años se viene hablando de la innovación aplicada al marketing, a las ventas, a la tecnología, etc y poco se hace referencia a la dimensión emocional. Podríamos preguntar al interior de cada organización:
-¿Qué le sucede a sus integrantes?
-¿Cuáles son sus preocupaciones?
-¿Qué les gustaría lograr personal y grupalmente?
-¿Qué necesidades están insatisfechas que afectan su comportamiento laboral?
Por lo general, las respuestas a estos interrogantes generan dudas y miedos a la hora de blanquear los estados emocionales, dado que los empleados sienten falta de confianza en expresar lo que les sucede.
Sin embargo, el no hacerlas puede generar el efecto contrario, porque la gente piensa que no es tenida en cuenta ni escuchada y mucho menos reconocida.
Entonces, es hora de hablar de ¨innovación emocional¨, término que engloba diferentes estrategias y habilidades, que combinadas, ayudan a equilibrar la balanza organizacional en los siguientes planos: el cuerpo, la mente, el espíritu, las creencias, los paradigmas, los entornos, la resiliencia, la evolución y el propósito.
De su articulación va a resultar la transformación y la trascendencia hacia resultados más óptimos.
Si estás conduciendo equipos en este momento, es fundamental saber hacerse y hacer buenas preguntas. Esto no sólo ayuda a saber desde dónde partimos, dónde estamos parados, sino también hacia dónde irán las metas en conjunto y cómo podemos potenciarnos para lograrlas.
A partir de esto, se producen respuestas ricas, interesantes y poderosas para retroalimentar el equipo y unirlo aún más.
Allí radica el surgimiento del nuevo líder, generando no sólo resultados productivos sino la cercanía y el sentido de pertenencia dentro de un ambiente de transparencia, vulnerabilidad y confianza.



