viernes, abril 3, 2026

La pandemia fue la coartada perfecta: cómo el Estado te encerró, te fundió y encima te pidió obediencia

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No fue solo una emergencia sanitaria. Fue el momento en que el Estado mostró su reflejo más brutal: encerrar por decreto, arruinar por administración, moralizar el sacrificio ajeno y reservarse privilegios para sí mismo. La cuarentena argentina no expuso solamente a un gobierno. Expuso la lógica más miserable del poder cuando descubre que el miedo le permite avanzar sobre todo.

El Estado encontró su momento ideal

El 20 de marzo de 2020 quedó formalizado el ASPO. No fue una recomendación ni una sugerencia: fue una orden. El DNU 297/2020 obligó a millones de personas a permanecer en sus casas, prohibió circular salvo excepciones y habilitó controles y sanciones penales para quienes incumplieran. El propio decreto lo presentaba como una “obligación inalienable del Estado nacional”. Dicho de otro modo: el Estado no se limitó a gobernar una crisis; se colocó por encima de la vida cotidiana de todos, con la potestad de decir quién podía trabajar, moverse, abrir, reunirse o simplemente salir.

En el arranque hubo miedo real, incertidumbre real y consenso real. Eso también hay que decirlo. La sociedad aceptó resignar libertades porque creyó que estaba frente a una excepción acotada. Pero el problema no fue solo el inicio. El problema fue la degradación posterior: cuando la excepción dejó de ser excepción y se volvió método, lenguaje, pedagogía y relato. Ahí el Estado dejó de actuar como administración de emergencia y pasó a mostrarse como lo que tantas veces fue: una máquina de control que se alimenta del miedo y se legitima llamándolo cuidado.

No fue solo encierro: fue disciplinamiento

La cuarentena no se limitó a inmovilizar cuerpos. También ordenó discursos. El ciudadano ejemplar pasó a ser el obediente. El que preguntaba, molestaba. El que dudaba, incomodaba. El que criticaba, casi merecía sospecha moral. “Cuidar” dejó de ser una política sanitaria y pasó a funcionar como una credencial de superioridad ética para quienes mandaban. Se instaló una lógica asfixiante: si aceptabas todo, eras responsable; si cuestionabas algo, eras poco menos que un egoísta.

Eso no fue casual. Estudios sobre la comunicación política durante la pandemia muestran que el intercambio institucional inicial fue mutando hacia una lógica de polarización. Un trabajo académico de 2024 sobre la comunicación de Alberto Fernández y Horacio Rodríguez Larreta encontró que, entre 2020 y 2021, el tono dialoguista retrocedió y crecieron los mensajes polarizantes; en el caso de Fernández, ese tipo de contenidos pasó de 12,1% en 2020 a 41,1% en 2021. O sea: la emergencia no solo se administró; también se explotó políticamente.

El Estado te pedía sacrificio mientras te destruía

Mientras el poder se llenaba la boca con la palabra “cuidado”, la realidad se encargaba del resto. El PBI cayó 9,9% en 2020. La pobreza llegó al 42% en el segundo semestre de ese año. Detrás de esos números hubo comercios quebrados, changas perdidas, laburantes hundidos, chicos fuera de la escuela y hogares enteros absorbidos por una mezcla de angustia, dependencia y desgaste. Ese fue el verdadero rostro del Estado pandémico: no uno protector, sino uno capaz de devastar la vida material de millones y seguir exigiendo agradecimiento.

La obscenidad no fue solo económica. Fue moral. Porque cuando un poder te rompe la vida y encima pretende que lo aplaudas por hacerlo, ya no está gobernando: está sometiendo. Y ese fue el núcleo del experimento argentino. No bastaba con que la gente obedeciera. Tenía que obedecer convencida de que la estaban salvando.

La bandera sanitaria se volvió bandera política

Con el correr de los meses, la cuarentena dejó de ser presentada como una herramienta excepcional y pasó a ser parte de la identidad del poder. El oficialismo buscó apropiarse del monopolio del “cuidado” y convertirlo en capital político. Pero al mismo tiempo, la oposición encontró en el rechazo al encierro otro combustible para crecer. Un estudio de FLACSO sobre conflictividad social concluyó que las demandas anti-cuarentena fueron capitalizadas por la oposición y se volvieron uno de los rasgos más visibles del conflicto político de esos años. Incluso la percepción social del riesgo sanitario y del costo laboral empezó a alinearse con las preferencias partidarias, según un trabajo publicado en Scielo. Es decir: el encierro dejó de ser solo un asunto de salud pública y se transformó en una trinchera política.

Pero hay una diferencia crucial. La oposición capitalizó el hartazgo. El Estado capitalizó el miedo. Y no es lo mismo. Porque solo uno de los dos tenía decretos, fuerzas de control, capacidad sancionatoria y el monopolio de la autoridad. El problema no fue solamente que la pandemia se politizara. El problema fue que el aparato estatal usó esa politización para expandir su margen de mando sobre la vida de la gente.

Olivos no fue una anécdota: fue la confesión

Y después vino Olivos. Ahí se cayó el decorado entero. Mientras millones tenían prohibidas reuniones sociales, mientras familias velaban a medias, mientras otros perdían ingresos, escuela o salud mental, en la residencia presidencial se celebraba un cumpleaños. Las reuniones sociales no estaban habilitadas cuando se hizo ese festejo, y la causa judicial terminó con Alberto Fernández ofreciendo una reparación económica de $1,6 millones al Instituto Malbrán, acuerdo que fue homologado por el juez.

El dato judicial importa, pero lo decisivo fue otra cosa: Olivos fue la confesión del régimen moral de la cuarentena. Dejó al desnudo que el sacrificio nunca había sido verdaderamente colectivo. Había una ley para abajo y una excepción para arriba. Había sermón para la sociedad y permiso íntimo para el poder. Había restricción para el ciudadano común y privilegio para la casta gobernante. Después de eso, ya no se podía hablar seriamente de “ejemplo”. Solo quedaba cinismo.

Lo que quedó expuesto no fue un error: fue una estructura

Por eso el problema no fue solo Alberto Fernández. El problema fue más profundo y más viejo. La pandemia no inventó al Estado autoritario: le regaló el escenario perfecto. Le dio miedo social, legitimidad de urgencia, cobertura moral y una población paralizada. Y el Estado hizo lo que tantas veces hace cuando se siente habilitado: avanzó. Reguló hasta el absurdo, castigó con doble vara, destruyó sin hacerse cargo y convirtió su propio intervencionismo en espectáculo ético.

Después, como siempre, quiso lavarse la cara con la palabra “cuidado”. Pero el cuidado verdadero no arruina sin medida, no encierra sin límite, no infantiliza al ciudadano y no exige obediencia ciega mientras los de arriba se reservan privilegios. Eso no es protección. Eso es dominación envuelta en lenguaje sanitario.

La gran mentira

La gran mentira de aquellos años fue hacer pasar por virtud lo que muchas veces fue abuso. La gran trampa fue vender como sensibilidad lo que también fue control. Y la gran estafa fue pretender que el Estado había sido un escudo, cuando para millones funcionó como una bota: una bota burocrática, paternalista, soberbia y profundamente cruel.

La pandemia dejó muertos, pobreza, heridas sociales y un país más roto. Pero también dejó una lección política brutal: cuando el Estado encuentra una causa sagrada, enseguida pretende volverse intocable. Y cuando se vuelve intocable, se siente con derecho a encerrarte, fundirte, humillarte y todavía pedirte que lo llames cuidado.


La pandemia no mostró un Estado protector: mostró un Estado feroz, capaz de destruir libertad, trabajo y dignidad en nombre del bien común, mientras su propia casta vivía por encima de las reglas.

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