Siempre aparecen héroes en la historia que se animan a romper el silencio, a señalar y decir lo que todos ven pero que pocos se animan a decir. Ese alguien suele empezar con una fuerza que parece inquebrantable. Pero lo que no sabe —o sí, y decide enfrentarlo igual— es que no hay peor enemigo para el pueblo que el pueblo mismo cuando lo dirigen las manos equivocadas.
En toda comunidad hay políticos que saben cómo usar las palabras como un bisturí: abren heridas, dejan cicatrices y prometen curarlas. Prometen todo, dan poco y, cuando los cuestionás, te convierten en el «enemigo del pueblo». Te acusan de ser el obstáculo, de no querer «el bien común». Porque claro, no les alcanza con el poder; necesitan de las fotos y los aplausos que alimentan sus egos mientras la verdad, tan grande y evidente, ya no se puede tapar: gobiernan para ellos mismos, no para el pueblo.
Lo más triste, sin embargo, no es el manipulador, sino el manipulado. Porque muchas veces, el cansancio y la desesperación hacen que se aferren a la esperanza de que «algo bueno va a pasar», y en ese afán se convierten en cómplices. No importa si es de izquierda o derecha; los extremos se parecen más de lo que quieren admitir. Siempre hay excusas: «es lo mejor que se pudo hacer», «los otros son peores», «hay que cerrar filas». Y en ese cerrar filas, dejan afuera a quienes se animan a señalar lo obvio: que el pueblo no necesita enemigos externos cuando sus propios líderes lo están hundiendo desde adentro.
Los enemigos del pueblo no son solo los corruptos, los que trafican influencias, los que negocian con el hambre ajeno. También son esos líderes que, con sonrisa de campaña y discursos emotivos, se dedican a dividir vecinos, crear fanáticos y alimentar bandos. Porque saben que el pueblo dividido es más fácil de manejar. Y en ese manejo, que nadie se atreva a pedirles que rindan cuentas: al fin y al cabo, ellos «están haciendo lo mejor posible».
Para entenderlo mejor, tratemos de imaginar la escena: el político sonríe desde el escenario, lucecitas de colores giran a su alrededor… La gente, abajo, lo ovaciona, ciega, sin entender que todo ese show ha sido financiado con su propio bolsillo. Arriba, entre aplausos y promesas, el ciclo sigue una y otra vez: solo se está cerrando un nuevo negocio que los deja afuera.
¿Y qué pasa con quienes denuncian? Los aplastan. Los llaman traidores, vendehumo, exagerados. La sociedad, en vez de escucharlos, prefiere taparse los oídos. Es más cómodo creer en un líder perfecto que aceptar que quizá, solo quizá, ese líder nos está usando como peones en su tablero financiero: donde las jugadas siempre benefician a sus bolsillos, el de sus familias, sus amigos.
¿Cómo llegamos a esto? ¿Por qué seguimos aplaudiendo a quienes nos usan para su propio beneficio?
Porque al final, no hay mayor traición que usar la esperanza del pueblo como excusa para el beneficio propio. Los enemigos del pueblo no siempre llegan desde afuera: están acá, entre nosotros, disfrazados de salvadores. Y muchas veces, esos líderes utilizan al pueblo como su escudo: un pueblo cansado, desgastado, convertido en el escudo perfecto para proteger los intereses de quienes prometieron salvarlo.
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