Huir de la sombra y, al final, tropezar con ella.
Pocas cosas tienen tanta capacidad de moldear la realidad como el miedo. No el miedo instintivo, ese que te salva de un peligro inminente, sino el otro, el que se mete en la cabeza, el que se convierte en una obsesión. Ese que, en el intento de esquivarlo, te lleva directo a su abrazo.
La historia está llena de ejemplos. Job, en las escrituras, temía perderlo todo, y al final lo perdió. ¿Fue castigo? ¿Destino? ¿O fue que su vida giraba en torno a un miedo tan grande que, cuando lo inevitable llegó, ya estaba derrotado de antemano?
El miedo que negamos no desaparece. Se esconde, se repliega, espera su momento. Creemos que, si no lo nombramos, si lo tapamos bajo la alfombra, quizás se disuelva solo. Pero la historia demuestra lo contrario: lo que tememos y tratamos de enterrar, tarde o temprano, vuelve.
Tal vez porque nunca lo resolvimos. Tal vez porque lo alimentamos sin darnos cuenta. O tal vez porque, en el afán de esquivarlo, dejamos de construir algo que lo hiciera innecesario.
Es el miedo que se convierte en una profecía autocumplida. Como quien huye del destino y, sin querer, va marcando el camino que lo llevará a él.
Es la sombra que se extiende detrás nuestro, la que intentamos ignorar, hasta que un día, al doblar una esquina, nos espera. Lo inevitable llegó.
Es el fín del verso, ya no hay chamuyo que lo tape.






