lunes, junio 8, 2026
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El monarca del decreto descontrolado

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David Niztzschmamn
David Niztzschmamnhttps://eltresarroyense.com/category/autores/david-niztzschmamn/
Un alma sensible, de lágrima fácil y risa rápida. Prefiero morir en el intento antes que morir por no intentarlo. Con la valentía suficiente para jugársela a pesar de los miedos. Acepto la verdad aunque duela, porque sé que el dolor es pasajero, pero la verdad es eterna. Nacido en la ciudad del Fernet, adoptado por la ciudad del tango y sus conurbanos. De paseo por el país del chile picante y las playas paradisíacas, ahora atraído por un magnetismo inexplicable hacia Tres Arroyos. Padre, padrastro, compañero y amigo. Pero, ante todo, humano. Porque al final, la verdad siempre pesa menos que el miedo.

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En el Reino, donde las necesidades básicas siempre llegaban en segundo lugar, gobernaba un rey moderno, sensible, de lágrima fácil y decretazo veloz (cuando se trataba de riquezas) Era un tipo simple: creía en el amor, en las luces LED, y en que todo problema se resuelve con aplausos (propios, claro) por eso tenia a sus aplaudidores adiestrados.

Una mañana templada de otoño, mientras los propios maestros de las escuelas, acomodaban, limpiaban, ordenaban, pintaban ellos mismos las escuelas y hasta ponían plata de su bolsillo para solventar las cosas que faltaban  y los estudiantes se turnaban los bancos sanos, el rey tuvo una revelación:


“Necesitamos más control.”

—¿Más control del Ejecutivo, Majestad? —preguntó un asesor despistado.

—No, no. Más control del control. —respondió el rey, ya afilando su lapicera de firmar decretos.

Sucede que en el Reino existía un misterioso cofre llamado Fondo Educativo, lleno de oro enviado por los dioses de la Nación. Era tanto el oro que podía resolver calefacción, infraestructura, útiles y hasta ponerle tapa a los inodoros escolares. En una ocasión no muy lejana, el Monarca, ya había tenido una excelente idea sobre el uso de este fondo: una pileta.

Una pileta mágica, mágica porque logro desaparecer todo el oro que había de una sola vez. El truco fue genial pero tiempo después el monarca se mostraria preocupado por la falta del oro…

Algunos sabios del Concejo intentaron revisar cómo se gastaba ese oro. Para eso habían creado hace años una comisión de Seguimiento y Articulación, que sonaba a algo muy importante. Pero, como todo en el reino, había una trampa: el presidente de esa comisión era Olivero, el Rey Interino, el Concejal Eterno, el Guardián del Cofre y esposo de la Señora del Parador Real. Un hombre multitarea, un todoterreno entrenado para todo…

—Debe rotar la presidencia, es lo justo!  —dijeron los sabios.

—Firmemos un acta, como manda la tradición y la ley —propusieron los opositores.

—¡Firmado! —gritaron todos.

Todos, menos el monarca y su hijo monarquito que siempre lo acompañaba en sus planes más macabros, no estaban presentes porque estaban ocupadísimos… eligiendo luces nuevas para su discurso de “Balance Emocional”.

Unos meses después, cuando los sabios quisieron cumplir el acta, Olivero respondió con gesto solemne:

—No pienso moverme de acá. Estoy muy cómodo. Olivero estaba acostumbrado a no respetar la ley porque el monarca lo respaldaba y hacia lo que quería.

Los concejeros elevaron una ordenanza para cumplir con la rotación. Se votó. Se aprobó. Se celebró con el agua potable a la que solo accedían los altos rangos del reinado.

Pero entonces… llegó el Decreto. Otra vez, un decreto. El rey, indignado de que alguien intentara controlar al que lo controla, firmó con mano firme:

“Se veta la ordenanza. El control del control quedará… bajo mi control.”

Los heraldos oficiales encargados de la propaganda del monarca y complices, corrieron por las calles con la noticia. Algunos la leyeron y dijeron: “Esto no puede ser”. Otros dijeron: “Esto es muy de acá”. Y los aplaudidores, como siempre, aplaudieron.

—¡Es un golpe institucional! —dijo un sabio.

—¡Es viernes! —respondió uno de los gordos concejeros, antes un Vecino que fue elegido por el pueblo, pero como hacía años estaba ahí, ya le daba igual.

Mientras tanto, un grupo de vecinos intentaba cruzar la calle, pero no sabían si el semáforo marcaba su turno de cruzar.  Otro grupo organizaba un concurso de “carreras de barquitos” porque había llovido. Y en un rincón olvidado, un viejo le contaba a su nieto:

—¿Ves, nene? Acá la democracia es como el agua del grifo: a veces sale, a veces no. A veces es turbia otras veces no.  Pero el aplauso, ese siempre está.

Esa noche, el monarca se presentó en los medios con su carpeta llena de emociones, abrazos y un nuevo índice de amor fraternal.

—En este año alcanzamos un 200% de gobernabilidad amorosa —declaró—. El Fondo Educativo no es solo un dinero… es un sentimiento.

En los rincones del reino, entre pozos, escuelas rotas y luminarias sin respuesta, el resignado pueblo masticó el cuento en silencio. Algunos todavía creían. Otros empezaban a preguntar.

Pero Olivero sonriente seguía en su silla, mientras pensaba “Acá mando yo, como quiero a los trabajadores, como apoyo a la libre expresión…” y un montón de pensamientos positivos que no lo dejaban concentrar

Y la pluma de decretar seguía firme, atenta y afilada.

Porque en el Reino, el control… era de quien sabía vetar. Y el monarca y su hijo el monarquita cuando había oro en juego, vetaban hasta la vergüenza.

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