martes, junio 9, 2026
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Guerreras reales: mujeres que pelearon de verdad

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seis mujeres, un mismo pulso: luchar, resistir, existir.

Durante siglos, la guerra fue contada en clave masculina. Los libros, los monumentos, los retratos oficiales: casi todo narrado desde la voz del vencedor varón. Pero la historia real, la que no entró en los manuales, está llena de mujeres que lucharon con la misma convicción, liderazgo y coraje. No necesitan leyendas ni milagros; las sostienen los hechos.

Boudica (Britania, siglo I)

Boadicea Haranguing the Britons

En el siglo I d. C., Roma dominaba lo que hoy es Inglaterra, entonces llamada Britania. Allí reinaba el pueblo iceno, con Prasutago como aliado nominal del Imperio. Al morir, Roma desconoció el pacto: confiscó bienes y humilló a su familia. A su esposa, Boudica, la azotaron; a sus hijas, las violaron. Boudica transformó ese agravio en organización. Unió tribus celtas, reunió miles de combatientes y lanzó una ofensiva relámpago: arrasó Camulodunum (Colchester), incendió Londinium (Londres) y devastó Verulamium (St Albans). Suetonio Paulino, gobernador romano, reagrupó legiones para frenarla. La derrotaron, pero el mensaje quedó: incluso en territorio imperial, una mujer pudo poner a Roma contra la pared. Su figura perdura en la memoria británica: su estatua frente al Parlamento mira el Támesis.

Juana de Arco (Francia, 1412–1431)

La muerte de Juana de Arco en la hoguera, de Hermann Stilke (1843)

En una Francia dividida por la Guerra de los Cien Años, una adolescente campesina aseguró escuchar voces que le ordenaban liberar su país. Juana recorrió cientos de kilómetros hasta encontrarse con el heredero del trono, el joven Carlos, y lo convenció de confiarle un ejército. En 1429 lideró la defensa de Orleans, rompió el asedio inglés y abrió el camino a la coronación en Reims. Se transformó en símbolo de fe y disciplina, en una figura que movía ejércitos solo con su convicción. Un año después fue capturada, vendida a los ingleses y juzgada por herejía. La quemaron en 1431, pero su muerte selló su destino: Francia ganó la guerra, y la campesina de 17 años quedó para siempre como la guerrera que hizo arder la historia.

Nzinga Mbande (Ndongo y Matamba, siglo XVII)

En el siglo XVII, en la actual Angola, el imperio portugués avanzaba sobre los reinos africanos para controlar el comercio de esclavos. Allí gobernaba Nzinga Mbande, hija del rey de Ndongo. Heredó un territorio dividido y acosado por los europeos. Diplomática brillante, enfrentó a los portugueses primero con palabras y después con armas. En una célebre reunión, al no ofrecerle asiento, ordenó a una asistente arrodillarse y usó su cuerpo como trono: gesto exacto de su carácter. Nzinga reorganizó su reino, unió tribus, creó alianzas con los holandeses y dirigió campañas militares durante cuarenta años. Logró que su pueblo resistiera la conquista y frenó la expansión del tráfico humano. Murió a los 80, temida por sus enemigos y venerada por su gente: una estratega que convirtió la resistencia en política de Estado.

María Remedios del Valle (Río de la Plata, ca. 1766–1847)

María Remedios del Valle

Nació libre en Buenos Aires, afrodescendiente de padres esclavizados. Cuando estalló la independencia, María Remedios del Valle se unió al Ejército del Norte como auxiliar y terminó combatiendo cuerpo a cuerpo. En Tucumán y Salta asistió a los heridos, repartió víveres y, cuando las líneas se rompían, tomó las armas. Fue herida varias veces, capturada y azotada por los realistas, pero volvió a luchar. Belgrano la llamó “Madre de la Patria”, un título que no le dio sustento: tras la guerra vivió en la miseria, olvidada por el Estado al que sirvió. Décadas después, Viamonte gestionó su pensión y el Congreso reconoció su grado de sargento mayor. Su historia revela lo que la historia oficial borró: sin mujeres negras, la independencia estaría incompleta.

Juana Azurduy (Alto Perú / Río de la Plata, 1780–1862)

Nació en Chuquisaca, en el actual Bolivia, y creció entre lenguas indígenas y trabajo de campo. Cuando comenzó la guerra por la independencia, Juana Azurduy y su esposo, Manuel Padilla, organizaron milicias de campesinos e indígenas que resistieron a los realistas. Juana cabalgaba al frente, armada y embarazada, y se ganó el respeto de sus tropas por coraje más que por rango. En 1816 lideró la toma de Cerro Rico de Potosí y recibió de Belgrano el sable como reconocimiento. Perdió a su marido y a cuatro de sus hijos en combate, pero siguió peleando hasta el final. Murió pobre, olvidada y enterrada en una fosa común. Hoy su nombre es bandera continental: símbolo de una independencia que no solo fue criolla ni masculina, sino también indígena y mestiza.

Manuela Pedraza “La Tucumanesa” (Buenos Aires, 1806–1807)

Durante las Invasiones Inglesas, Buenos Aires ardía en caos. Entre los vecinos que tomaron las armas apareció Manuela Pedraza, conocida como La Tucumanesa. Se unió a las milicias criollas junto a su esposo y participó en la defensa de la ciudad casa por casa. En medio del combate, vio caer a su compañero, tomó su fusil y abatió al soldado inglés que lo había matado. Luego siguió peleando con la tropa hasta recuperar la posición. El general Liniers, testigo del hecho, la ascendió al grado de alférez por “méritos en el campo de batalla” y ordenó que cobrara sueldo militar. Después, su rastro se pierde entre los archivos. Pero ese gesto —una mujer empuñando el arma del enemigo— quedó como uno de los primeros actos de heroísmo femenino de la historia argentina.

GUERRERAS REALES: MUJERES QUE PELEARON DE VERDAD

La historia oficial eligió contarlas a medias o directamente olvidarlas. Pero hubo mujeres que pelearon, gobernaron y desafiaron al poder mucho antes de que existiera la palabra “igualdad”.

Desde los campos de Britania hasta las montañas del Alto Perú, sus nombres siguen ardiendo en la memoria colectiva.
No fueron mitos ni símbolos: fueron carne, decisión y coraje en un mundo que no las quería protagonistas.
Contarlas hoy es una forma de justicia.

Quizás no ganaron todas las guerras, pero vencieron al peor enemigo: el olvido.

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