En 2022, el concejal Carlos Ávila presentó un proyecto que, aún hoy, sigue sin respuesta. Propuso incorporar un sistema de transporte escolar para estudiantes que viven en las localidades del distrito, garantizando así su derecho a estudiar en igualdad de condiciones que quienes viven en la ciudad cabecera. Tres años después, el proyecto no solo sigue vigente, sino que cobra más fuerza que nunca.
El planteo es sencillo: muchos jóvenes de Claromecó, Orense, San Francisco de Bellocq, Copetonas, Cascallares y Reta no tienen cómo viajar a Tres Arroyos para estudiar en instituciones como CRESTA. El gasto en transporte es inaccesible para muchas familias. Sin embargo, las localidades sí pagan una tasa de servicios educativos, que hoy representa un ingreso millonario para el Municipio.
Con los valores actuales —alrededor de $1.264,50 por cuota y unas 25.000 partidas—, las localidades aportan más de $379 millones al año, si se considera una cobrabilidad del 100%. Incluso con un 50%, serían cerca de $190 millones anuales. ¿No alcanza para tres combis que garanticen acceso a la educación? ¿Qué se hace entonces con esa plata?
El proyecto de Ávila proponía:
- Incorporar tres combis para realizar recorridos regulares entre localidades.
- Evaluar la posibilidad de tercerizar el servicio.
- Enfocar el transporte en estudiantes de nivel terciario y universitario.
- Financiarlo con recursos ya existentes.
¿Qué se podría mejorar? – Nuestra evaluación
El proyecto, aunque claro y con una fuerte raíz social, podría fortalecerse con algunos elementos:
- Control y transparencia: incorporar informes semestrales de uso y costos.
- Frecuencias claras y calendario educativo como base.
- Enfoque territorial: priorizar zonas más alejadas y con menos conectividad.
- Y sobre todo, actualizar oficialmente los datos económicos en el cuerpo del proyecto.
El contraste que duele
Mientras tanto, el oficialismo se enorgullece de inaugurar una pileta que costó más de $610 millones de pesos, financiada con el Fondo Educativo. Se habla de inclusión, de oportunidades, de integración. Pero la pileta no resolvió los problemas reales de la comunidad educativa: las escuelas están sin calefacción, con deficiencias edilicias y —como muestra este proyecto— muchos chicos ni siquiera pueden llegar a clase.
¿Incluir es hacer una obra gigante y vacía de contenido social? ¿O es garantizar que todos puedan ejercer su derecho básico a estudiar?
La respuesta parece evidente. El problema, es que no todos están dispuestos a verla.






