La convicción no nace de la nada. No aparece un día por arte de magia ni la encontrás en un libro de frases de motivación. Se forja en el carácter del que supo bancarse los golpes, del que aprendió que la verdad puede doler, pero que vivir en la mentira duele mucho más. Ser un cagón incapaz de enfrentarla por sí mismo, un cómodo, un dejado que se refugia en los cuentos que le hacen otros, es elegir la sombra ajena antes que la luz propia. Y lo peor de todo: nadie te va a sacar de ahí y es lo que vas a dejar de herencia.
A la convicción llegan aquellos que ya cayeron tantas veces en el abismo que dejaron de tenerle miedo. Es un estado selecto reservado para los que se animaron a seguir caminando, aun sabiendo que podían caer otra vez, pero con la certeza de que al final del camino siempre está la luz.
El que tiene convicción juega con ventaja sobre el que sigue perdido en su propio verso. Porque el que se engaña es esclavo de sus propios miedos, se esconde detrás de excusas, de frases cómodas, de relatos ajenos que repite sin pensar. La convicción, en cambio, no se arrodilla. No tiembla. No negocia con la mentira.
El que tiene convicción camina al borde del abismo, pero ya no cae. Y el que aprende a caminar sin miedo, no solo deja de caer. Se convierte en el que ilumina el camino para los que vienen atrás
La verdad, por más dura que sea, siempre vale más que cualquier cuento reconfortante.






