martes, junio 9, 2026
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¿Qué es ser peronista hoy?

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Hay una palabra que en Argentina funciona como un certificado moral, una herencia familiar y una credencial de poder, todo al mismo tiempo: peronista. El problema es que nadie se pone de acuerdo en qué significa. Y, aun así, todos la pelean como si fuese un título nobiliario.

Basta mirar el mapa interno para entender el lío: kirchneristas (o “kitchenristas”, según el chiste), massistas, morenistas, “peronismo federal”, sindicalistas, territoriales, gobernadores pragmáticos, doctrinarios de manual, nostálgicos del 45, nostálgicos del 2003, y hasta quienes reivindican los 90 como si no hubiese sido una mutación completa del ADN. Todos, sin excepción, se autoproclaman peronistas. Y casi todos dicen, con la misma seriedad: “los otros no lo son”.

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: si el peronismo es una identidad tan potente, ¿por qué produce tantas versiones incompatibles? Porque el peronismo no es una definición cerrada; es un campo de disputa. No es un partido: es un fenómeno político-social que fue creciendo por capas, por rupturas, por relecturas y por necesidad.

El peronismo suele apoyarse en un núcleo simbólico: justicia social, independencia económica, soberanía política; las Veinte Verdades; la idea del trabajo organizado; el Estado como herramienta. Todos conceptos que al final terminan siendo subjetivos porque cada linea peronista tiene su propia definición.

Pero ese núcleo, en la práctica, es lo suficientemente amplio como para que cada facción lo traduzca a su manera. Y cuando una palabra sirve para justificar casi cualquier cosa, lo que se discute ya no es la palabra: se discute quién la controla.

Ahí aparece el verdadero motor del conflicto: “ser peronista” no describe solamente una idea; describe pertenencia y legitimidad. En Argentina, decir “soy peronista” muchas veces no es explicar un programa: es ocupar un lugar en la historia. Es decir “yo represento algo que importa”, “yo vengo de una tradición popular”, “yo tengo derecho a hablar en nombre de la gente”.

Por eso la pelea no es académica. No se trata de una discusión de biblioteca. Es una pelea por el monopolio del sentido, por el sello, por la épica y por el “pueblo”. Y cuando la política se organiza alrededor de identidades más que de definiciones, el resultado es previsible: la palabra se convierte en un trofeo.

En ese marco, los “tipos de peronistas” no son una enumeración simpática: son una prueba de la crisis. Tenés al peronismo que se asume como proyecto de derechos, ampliación de Estado y épica nacional-popular. Tenés al peronismo que se vende como “orden”, “gestión”, “gobernabilidad” y pacto social. Tenés al peronismo “doctrinario” que acusa a todos los demás de traición. Tenés al peronismo “pragmático” que acusa a los doctrinarios de vivir en una cápsula. Tenés al peronismo territorial que, en la práctica, define su identidad por el municipio, la provincia, la rosca, la elección que viene. Y tenés al peronismo sindical que, cuando le conviene, es columna vertebral; y cuando no, es un actor autónomo que corta por su cuenta.

¿Quién tiene razón? Nadie, y todos, dependiendo de qué estés discutiendo. Porque el peronismo funciona más como una familia enorme que como una ideología precisa: se comparte apellido, se comparte mito de origen, pero cada rama cuenta la historia como le conviene.

Por eso la paradoja tiene filo: “ni siquiera Perón era peronista”. Tomada literal, obvio: no se puede ser “peronista” antes de que exista el peronismo. Pero como frase apunta a algo más profundo: el peronismo no nació como identidad para ser imitada; nació como poder en movimiento, y después se volvió identidad. Primero fue el hecho. Después vino el relato. Y cuando el relato llega tarde, siempre queda abierto a ser reescrito.

De hecho, gran parte de la confusión actual viene de una trampa simple: se habla de “peronismo” como si fuera una cosa, cuando en realidad es una palabra que sobrevivió a demasiados cambios. Cambió el mundo, cambió la economía, cambiaron los sindicatos, cambió el Estado, cambiaron los medios, cambió la cultura política. Y, sin embargo, la etiqueta siguió funcionando. ¿Resultado? Tenés gente defendiendo proyectos opuestos bajo el mismo nombre, como si el nombre los reconciliara.

Entonces, ¿qué es ser peronista hoy?

Si bajamos la grandilocuencia, queda una definición más honesta (y menos romántica): ser peronista hoy es reclamar pertenencia a una tradición de representación popular y disputar quién encarna esa tradición. Algunos lo hacen desde una visión más igualitarista y estatal. Otros desde una visión más de orden y comunidad. Otros desde la doctrina. Otros desde la gestión. Otros desde el territorio. Pero el mecanismo común es el mismo: el peronismo como legitimidad heredada.

Y ahí está el cierre incómodo: si “ser peronista” significa cosas tan distintas, entonces no estamos ante una identidad clara; estamos ante una palabra que se usa para ganar discusiones. Una palabra que, por su peso histórico, permite tapar el vacío de definición con pertenencia y emoción.

La pregunta final no es “¿qué es ser peronista?”. La pregunta final es más filosa: ¿para qué te sirve decir que sos peronista? Si la respuesta es “para orientar un proyecto” es una cosa. Si la respuesta es “para descalificar al otro” es otra. Y si la respuesta es “para quedarme con el título”, entonces no estás defendiendo una identidad: estás defendiendo un trofeo.

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